jueves, 30 de noviembre de 2006

El Derrumbe de un Sueño


Junto a la actual Meca del consumismo de La Florida, “el shopping”, hace sólo 36 años brotó la población Nueva Habana, un modelo de comunidad socialista que como toda utopía, terminó “de un golpe”.


Era 1971 y un grupo de pobladores del “Campamento Nueva Habana” cargaban sobre sus cabezas el rancho de un vecino. “Se portaba mal y no se quería ir” recuerda Mario Núñez, antiguo residente, “por eso le tiramos la casa pal’ basural, afuera de la población, donde ahora está el (supermercado) Líder”. La población, llamada “Nueva Esperanza” luego del golpe militar, fue uno de los primeros experimentos del MPR (Movimiento de Pobladores Revolucionarios), dependiente del MIR, y el radical desalojo del vecino correspondía a la sentencia dictada por el tribunal popular, encargado de mantener el orden dentro del campamento.

Este tribunal fue sólo una de las medidas implementadas en la colectividad, pues la visión mirista, según explica José Silva, uno de los fundadores del campamento, “consistía en crear núcleos de organización poblacional lo más independientes al Estado que fuera posible, por lo que se estructuraba una versión reducida de gobierno comunal, elegido por una democracia directa”. De esta manera, se crearon frentes de cultura, construcción, educación, salud, vigilancia, entre otros.

El líder del campamento era Alejandro Villalobos, “el Micky”, un joven cuya pasión contagió de espíritu revolucionario a los pobladores. Vivía en la “Casa Blanca”, una casa (blanca) que servía de centro comunitario, cárcel provisional, posta o lo que fuera necesario. “Como en las grandes naciones, el poder se ejercía desde la Casa Blanca”, se ríe Silva. En ese lugar se tomaban decisiones que afectaban a las aproximadamente 1500 familias del campamento. En el frontis de esa casa, hoy se encuentra un monolito en memoria de Villalobos, asesinado por la dictadura.

“Para entrar a la población en la noche tenías que acercarte a los milicianos, hombres y mujeres voluntarios que hacían rondas de vigilancia. Ellos te llevaban hasta la puerta de tu casa. Si no eras de la población, un poblador tenía que irte a buscar. Por eso no había delincuencia. Tampoco había violencia intrafamiliar, porque te tiraban a los pacos y te echaban cagando”, cuenta Núñez. En una ocasión, un vecino intentó violar a una profesora, y “el Micky estuvo a punto de tomar la justicia por sus manos. Lo tenía del cuello con una pistola y lo quería ajusticiar. Pero al final entre todos le dimos una paliza de antología y después se lo entregamos a los pacos”, recuerda Silva.

También el mercado negro y la usura estaban penados por el tribunal popular. Siguiendo el modelo cubano, en la Nueva Habana se implementa –según Silva- la primera JAP (Junta de Abastecimiento Nacional) del país. Consistía, en tiempos de escasez de víveres, de un almacén que se abastecía directamente de los productores, por lo que mantenía los precios oficiales impuestos por el gobierno: “No creíamos en la oferta ni la demanda”, dice Silva.

El origen del campamento se remonta a 1968, cuando miles de obreros y migrados campesinos se toman los terrenos colindantes al actual Mall Plaza Vespucio, en aquel entonces la abandonada estación de trenes “Bellavista”. Dos años después, un primero de noviembre, se comienza la construcción de los ranchos, y se funda oficialmente como “Campamento Nueva Habana”, homenajeando la organización comunal y socialista de la homónima ciudad.

Ese mismo año, el gobierno de Salvador Allende les otorga un subsidio, con el cual se pone en marcha el “Frente de Autoconstrucción Solidaria”, en que los mismos pobladores construían las casas con materiales otorgados por el Estado. “Primero mandaron ladrillos de mala calidad, así que los devolvimos. La idea era construir casas buenas. Por eso pal’ terremoto del 85 se cayeron todas las poblaciones de alrededor, pero la Nueva Habana quedó intacta”, cuenta Silva. Las casas eran diseñadas según el grupo familiar, y las manzanas contaban con plazas y centros deportivos: “soluciones habitacionales, pero dignas. Eso sí, después, en la dictadura, casi todas las casas se las dieron a personas de otras tomas, como castigándonos”, agrega.

La población se organizaba en 24 manzanas, cada una con 64 sitios: 63 terrenos habitacionales y una sede social. Cada semana se realizaba la “reunión de manzana”, donde se entregaba a los pobladores la información proveniente del directorio: una suerte de instancia legislativa compuesta por los 24 jefes de manzana más los siete miembros de la jefatura, elegidos democráticamente por todos los pobladores.

“Yo ahora vivo en la Nuevo Amanecer. El verdadero cambio de nombre no fue el que impuso la dictadura, sino las consecuencias que le siguieron a la decapitación de los cabecillas. La falta de liderazgo y el temor de la gente convirtieron a la Nueva Habana en la Nuevo Amanecer, a la población en la pobla. Nuestro ejemplar solidario es hoy día un ghetto de la delincuencia y la droga”, sentencia Silva, mientras apaga su cigarrillo con la mirada pegada al cenicero y un suspiro en la boca.

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