
Entre 1970 y 1973 se llevó a cabo un experimento social sin precedentes en la historia de nuestro país: una Utopía Socialista. El balance, según quienes los vivieron, es positivo. Muy positivo. Por eso recuerdan con nostalgia la fatídica mañana del 11 de septiembre del 73, cuando el sueño se derrumbó. Ésta es la historia de la Villa Nuevo Amanecer de la comuna de La Florida.
Por Angel Maulén
“Nueva Habana, alumbras los muros con rojos gritos de libertad”. Junto a esta consigna, inserta en un mural de unos seis metros de ancho por dos de alto, se lee otra: “Indios Lokos”. La primera, está escrita sobre una nube sujetada por las manos delgadas de dos hombres, uno rojo y otro azul, que se mezclan para formar la bandera cubana. La segunda, se dibuja en blanco y negro sobre la insignia del Club Deportivo Colo Colo. “Esa es la paradoja de esta población –dice Ubelinda Torres, dirigente fundadora del campamento y actual presidenta de la junta de vecinos- llegamos aquí jóvenes persiguiendo un sueño de justicia social, por el cual algunos llegaron a dar la vida, y ahora a los cabros lo único que les apasiona es el Colo. También algunos han dado su vida”. Este cambio se da con el Golpe de Estado, que a consenso de todos los pobladores, marca un ANTES Y UN DESPUÉS en la historia del campamento.
ANTES: CAMPAMENTO NUEVA HABANA
Primero de noviembre de 1970. Aprovechando el feriado nacional, alrededor de 1500 familias se movilizaron hasta el Fundo Los Castaños, vasto trigal ubicado en el actual sector de Tobalaba con Departamental, y se lo tomaron. Las familias provenían de tres tomas del sector sur oriente de Santiago: Ranquil, Magaly Honorato y Elmo Catalán, y tenían en común una fuerte vocación socialista, encabezada por el dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), Alejandro Villalobos, El Micky. De esta manera se funda el Campamento Nueva Habana. Dos días después, Salvador Allende, el primer presidente socialista elegido democráticamente, asume su cargo. Al poco tiempo el fundo es expropiado y el gobierno se lo cede a los pobladores.
DESPUÉS: VILLA NUEVO AMANECER
“El cambio de nombre fue terrible. Para el golpe recién estábamos terminando de construir las casas, que eran espectaculares, na’ que ver con las de ahora. Al final, como los materiales habían sido donados por el gobierno de Allende, el nuevo régimen se tomó la libertad de disponer de las casas, y por eso le dieron como la mitad a militares y carabineros. Era súper raro, la mitad éramos de izquierda y el resto milicos. Como en Durmiendo con el Enemigo”, recuerda José Silva, exdirigente fundador del campamento.
De los nuevos residentes, la municipalidad designó a una directiva para que reemplazara a la desarticulada (y perseguida y prófuga) dirigencia anterior. La primera medida fue cambiar el nombre, de Campamento Nueva Habana a Villa Nuevo Amanecer. No era conveniente que llevara la palabra Habana en el nombre, fue la explicación que dieron. “Era el comienzo del fin”, añade Silva. De hecho, entre los años 73 y 76, cinco miembros de la dirigencia popular fueron asesinados y al menos una docena desaparecidos. Más de 50 fueron exiliados. El último en aparecer muerto fue El Micky, acribillado a quemarropa por agentes de la DINA.
ANTES: SOLUCIONES DE VIVIENDA INTEGRAL
“Cuando nos vinimos, habían dos cosas que teníamos claras: que queríamos calidad de vida, y que éramos pobres, entonces sólo a través del voluntariado íbamos a lograr hacer funcionar una comunidad con todos los servicios”, relata Mario Leiva, antiguo poblador. “El asunto era muy simple –acota Silva- nosotros éramos la mano de obra. Éramos albañiles, plomeros, jardineros, pintores, electricistas y entonces no necesitábamos esperar que nadie hiciera nada por nosotros. Éramos maestros, y queríamos hacer las cosas bien”. Por eso, cuando el gobierno les envió los primeros materiales para construir las casas y ellos notaron que los ladrillos eran de mala calidad, no sólo no los aceptaron, sino que los destruyeron. “No queríamos que se los mandaran otro campamento”, recuerda Ubelinda.
Pero el proyecto era mucho más ambicioso que construcciones de buena calidad. Cada casa se diseñó según las necesidades de las familias que –supuestamente- las habitarían. Además, en el centro de cada una de las 24 manzanas se puso una pequeña plazoleta, “pero de las verdes, no esas de cemento que se pusieron de moda ahora”, comenta Ubelinda.
Todo lo hacían los voluntarios: la salud estaba a cargo de seis vecinas que habían sido capacitadas por médicos del Hospital Sótero del Río, y que cada tres noches hacían turnos nocturnos. Donde estaba el policlínico popular, hoy está el Consultorio Municipal Los Castaños. La educación, quedaba en manos de profesores voluntarios que se establecieron en unos vagones de trolley abandonados, donde funcionaba la escuela popular. En ese mismo lugar, hoy existe un liceo municipal. La construcción la realizaban los del Frente de Trabajadores Revolucionarios: vecinos con conocimientos en distintas materias de este rubro.
“El que era bueno pa’ la pelota –comenta Silva- era designado entrenador de fútbol para los niños. El que sabía cocinar, hacía el pan para los vecinos. La que sabía zurcir, arreglaba las ropas. El que sabía tocar la guitarra, hacía talleres de música”. La idea es que un miembro de cada familia fuera voluntario, y el o los otros, trabajaran para subsistir. “Se daba y se recibía”, dice Ubelinda. “Puta que éramos socialistas”, se ríe. El sistema funcionaba bien.
DESPUÉS: “SOLUCIONES” HABITACIONALES
“¿Hay escuchado hablar de las casas Chubi? Están aquí” cuenta Guillermo Galaz, antiguo residente. “De hecho –acota- mi hermano se fue pa’ allá”. Ubelinda, encargada de realizar todos los trámites de vivienda de la población añade que “todos los de las casas Chubi eran vecinos nuestros. Esos terrenos originalmente pertenecían a esta población, pero con el cambio de mando, llegó el cambio de nombre y se dieron el trabajo de reemplazar los planos. Pero quedan copias de los antiguos. Por eso los cabros se tomaron esas casas”.
El hacinamiento actual de Nuevo Amanecer es abrumante. Alrededor de las sólidas construcciones originales, los 160 metros cuadrados de terreno se han llenado de improvisadas ampliaciones de tablas y zinc. “Como es muy difícil conseguir una casa, los niños se quedaron viviendo aquí, y ahora tienen sus propias familias, que también viven acá. Donde éramos seis, ahora somos 20. O más” cuenta Ubelinda. Por eso cuando algunos pobladores –en un consejo vecinal- decidieron tomarse las casas Chubi, los vecinos los apoyaron por unanimidad. “Lástima que el chaparrón les aguó la fiesta” se ríe Silva.
ANTES: GOBIERNO POPULAR
El Campamento Nuevo Amanecer se organizaba como un Estado independiente dentro del Estado chileno. Su sistema de gobierno era democrático, pero no burocrático. Existían los tres poderes de gobierno. El legislativo quedaba a cargo del Parlamento Popular, en que los 24 representantes –uno por manzana- mes a mes revisaban las normativas del campamento.
El Judicial, según fuera el caso, se regía por comités especialmente formados por los pobladores. “Si la cosa era más seria, llamábamos a Carabineros, pero en general nosotros decidíamos que hacer con los que se portaban mal” comenta Silva. El Tribunal Popular, como le llamaban, era bastante estricto. “Creíamos en la ejemplificación –añade- por eso, nuestros castigos eran drásticos, para que los delitos no se repitieran”. En una ocasión, un vecino que reiteradamente se portaba mal, es decir, se emborrachaba, no colaboraba e incluso robaba, fue desterrado con casa y todo del campamento. Por supuesto, eso fue antes de las construcciones definitivas. “Le tiramos el rancho a un basural que había más abajo, donde ahora está el (Supermercado) Líder”, recuerda Silva.
El poder ejecutivo, estaba en manos del Micky. Él organizaba todas las actividades del campamento, ayudado por colabores designados para cada área: sus ministros. Benito Jiménez, cuñado de Silva, fue designado de seguridad durante un tiempo: “Nos organizábamos como milicianos. Recibimos entrenamiento de defensa personal a través de cuadros del MIR. Claro que andábamos con palos y linchacos no más”. Sólo algunos milicianos portaban revólveres, eran los encargados de cubrir el frente oriente del campamento. Su misión era muy clara: evitar que el movimiento terrorista contrarrevolucionario Patria y Libertad abriera las compuertas de rebalse del Canal San Carlos. Sólo dos veces fallaron, y el campamento se inundó por completo. “Se nos mojó todo. Pa’ que te hagai una idea, la cantidad de agua era casi similar a la del aluvión del 93” recuerda Ubelinda. Otra misión de los milicianos era escoltar a los residentes por la noche. Los llevaban hasta la puerta de sus casas. “Eso era para que no entrara nadie que no fuese de acá. Había mucho boicot en esa época” comenta Jiménez.
“Las cosas se hacían o se hacían. Esa era la diferencia –comenta Silva-. Por ejemplo, cuando partimos, las micros no llegaban pa’ acá. Entonces después de pedir harto tiempo a las autoridades que alargaran el recorrido y no obtener respuesta, nos robamos las micros no más, y comenzamos nosotros mismos a manejarlas desde acá arriba. Dos días se demoraron en cambiar el recorrido y poner el terminal acá cerca. Todavía está ahí”.
DESPUÉS: GOBIERNO DEL MÁS FUERTE
“Ahora está la cagá” dice Silva. “No podís andar de noche. Quedai en pelota”. “Llegó la droga, el alcoholismo, la delincuencia, llegó todo. Antes hasta la usura estaba penada por el Tribunal Popular. Ahora nada”, se lamenta Ubelinda. A pesar de la sensación de inseguridad de los vecinos, según un comunicado de prensa de la municipalidad de La Florida, luego de la implementación de un plan de seguridad intercomunal (en conjunto con la municipalidad de Peñalolén), puesto en marcha este año, los delitos dentro de esta población están disminuyendo.
“Sea como sea –dice Silva- yo no creo en el dicho de que todo tiempo pasado fue mejor, pero en este caso, pucha que es cierto”.

