jueves, 30 de noviembre de 2006

¡Puta que eramos socialistas!



Entre 1970 y 1973 se llevó a cabo un experimento social sin precedentes en la historia de nuestro país: una Utopía Socialista. El balance, según quienes los vivieron, es positivo. Muy positivo. Por eso recuerdan con nostalgia la fatídica mañana del 11 de septiembre del 73, cuando el sueño se derrumbó. Ésta es la historia de la Villa Nuevo Amanecer de la comuna de La Florida.

Por Angel Maulén


“Nueva Habana, alumbras los muros con rojos gritos de libertad”. Junto a esta consigna, inserta en un mural de unos seis metros de ancho por dos de alto, se lee otra: “Indios Lokos”. La primera, está escrita sobre una nube sujetada por las manos delgadas de dos hombres, uno rojo y otro azul, que se mezclan para formar la bandera cubana. La segunda, se dibuja en blanco y negro sobre la insignia del Club Deportivo Colo Colo. “Esa es la paradoja de esta población –dice Ubelinda Torres, dirigente fundadora del campamento y actual presidenta de la junta de vecinos- llegamos aquí jóvenes persiguiendo un sueño de justicia social, por el cual algunos llegaron a dar la vida, y ahora a los cabros lo único que les apasiona es el Colo. También algunos han dado su vida”. Este cambio se da con el Golpe de Estado, que a consenso de todos los pobladores, marca un ANTES Y UN DESPUÉS en la historia del campamento.

ANTES: CAMPAMENTO NUEVA HABANA

Primero de noviembre de 1970. Aprovechando el feriado nacional, alrededor de 1500 familias se movilizaron hasta el Fundo Los Castaños, vasto trigal ubicado en el actual sector de Tobalaba con Departamental, y se lo tomaron. Las familias provenían de tres tomas del sector sur oriente de Santiago: Ranquil, Magaly Honorato y Elmo Catalán, y tenían en común una fuerte vocación socialista, encabezada por el dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), Alejandro Villalobos, El Micky. De esta manera se funda el Campamento Nueva Habana. Dos días después, Salvador Allende, el primer presidente socialista elegido democráticamente, asume su cargo. Al poco tiempo el fundo es expropiado y el gobierno se lo cede a los pobladores.

DESPUÉS: VILLA NUEVO AMANECER

“El cambio de nombre fue terrible. Para el golpe recién estábamos terminando de construir las casas, que eran espectaculares, na’ que ver con las de ahora. Al final, como los materiales habían sido donados por el gobierno de Allende, el nuevo régimen se tomó la libertad de disponer de las casas, y por eso le dieron como la mitad a militares y carabineros. Era súper raro, la mitad éramos de izquierda y el resto milicos. Como en Durmiendo con el Enemigo”, recuerda José Silva, exdirigente fundador del campamento.
De los nuevos residentes, la municipalidad designó a una directiva para que reemplazara a la desarticulada (y perseguida y prófuga) dirigencia anterior. La primera medida fue cambiar el nombre, de Campamento Nueva Habana a Villa Nuevo Amanecer. No era conveniente que llevara la palabra Habana en el nombre, fue la explicación que dieron. “Era el comienzo del fin”, añade Silva. De hecho, entre los años 73 y 76, cinco miembros de la dirigencia popular fueron asesinados y al menos una docena desaparecidos. Más de 50 fueron exiliados. El último en aparecer muerto fue El Micky, acribillado a quemarropa por agentes de la DINA.

ANTES: SOLUCIONES DE VIVIENDA INTEGRAL

“Cuando nos vinimos, habían dos cosas que teníamos claras: que queríamos calidad de vida, y que éramos pobres, entonces sólo a través del voluntariado íbamos a lograr hacer funcionar una comunidad con todos los servicios”, relata Mario Leiva, antiguo poblador. “El asunto era muy simple –acota Silva- nosotros éramos la mano de obra. Éramos albañiles, plomeros, jardineros, pintores, electricistas y entonces no necesitábamos esperar que nadie hiciera nada por nosotros. Éramos maestros, y queríamos hacer las cosas bien”. Por eso, cuando el gobierno les envió los primeros materiales para construir las casas y ellos notaron que los ladrillos eran de mala calidad, no sólo no los aceptaron, sino que los destruyeron. “No queríamos que se los mandaran otro campamento”, recuerda Ubelinda.
Pero el proyecto era mucho más ambicioso que construcciones de buena calidad. Cada casa se diseñó según las necesidades de las familias que –supuestamente- las habitarían. Además, en el centro de cada una de las 24 manzanas se puso una pequeña plazoleta, “pero de las verdes, no esas de cemento que se pusieron de moda ahora”, comenta Ubelinda.
Todo lo hacían los voluntarios: la salud estaba a cargo de seis vecinas que habían sido capacitadas por médicos del Hospital Sótero del Río, y que cada tres noches hacían turnos nocturnos. Donde estaba el policlínico popular, hoy está el Consultorio Municipal Los Castaños. La educación, quedaba en manos de profesores voluntarios que se establecieron en unos vagones de trolley abandonados, donde funcionaba la escuela popular. En ese mismo lugar, hoy existe un liceo municipal. La construcción la realizaban los del Frente de Trabajadores Revolucionarios: vecinos con conocimientos en distintas materias de este rubro.
“El que era bueno pa’ la pelota –comenta Silva- era designado entrenador de fútbol para los niños. El que sabía cocinar, hacía el pan para los vecinos. La que sabía zurcir, arreglaba las ropas. El que sabía tocar la guitarra, hacía talleres de música”. La idea es que un miembro de cada familia fuera voluntario, y el o los otros, trabajaran para subsistir. “Se daba y se recibía”, dice Ubelinda. “Puta que éramos socialistas”, se ríe. El sistema funcionaba bien.

DESPUÉS: “SOLUCIONES” HABITACIONALES

“¿Hay escuchado hablar de las casas Chubi? Están aquí” cuenta Guillermo Galaz, antiguo residente. “De hecho –acota- mi hermano se fue pa’ allá”. Ubelinda, encargada de realizar todos los trámites de vivienda de la población añade que “todos los de las casas Chubi eran vecinos nuestros. Esos terrenos originalmente pertenecían a esta población, pero con el cambio de mando, llegó el cambio de nombre y se dieron el trabajo de reemplazar los planos. Pero quedan copias de los antiguos. Por eso los cabros se tomaron esas casas”.
El hacinamiento actual de Nuevo Amanecer es abrumante. Alrededor de las sólidas construcciones originales, los 160 metros cuadrados de terreno se han llenado de improvisadas ampliaciones de tablas y zinc. “Como es muy difícil conseguir una casa, los niños se quedaron viviendo aquí, y ahora tienen sus propias familias, que también viven acá. Donde éramos seis, ahora somos 20. O más” cuenta Ubelinda. Por eso cuando algunos pobladores –en un consejo vecinal- decidieron tomarse las casas Chubi, los vecinos los apoyaron por unanimidad. “Lástima que el chaparrón les aguó la fiesta” se ríe Silva.

ANTES: GOBIERNO POPULAR

El Campamento Nuevo Amanecer se organizaba como un Estado independiente dentro del Estado chileno. Su sistema de gobierno era democrático, pero no burocrático. Existían los tres poderes de gobierno. El legislativo quedaba a cargo del Parlamento Popular, en que los 24 representantes –uno por manzana- mes a mes revisaban las normativas del campamento.
El Judicial, según fuera el caso, se regía por comités especialmente formados por los pobladores. “Si la cosa era más seria, llamábamos a Carabineros, pero en general nosotros decidíamos que hacer con los que se portaban mal” comenta Silva. El Tribunal Popular, como le llamaban, era bastante estricto. “Creíamos en la ejemplificación –añade- por eso, nuestros castigos eran drásticos, para que los delitos no se repitieran”. En una ocasión, un vecino que reiteradamente se portaba mal, es decir, se emborrachaba, no colaboraba e incluso robaba, fue desterrado con casa y todo del campamento. Por supuesto, eso fue antes de las construcciones definitivas. “Le tiramos el rancho a un basural que había más abajo, donde ahora está el (Supermercado) Líder”, recuerda Silva.
El poder ejecutivo, estaba en manos del Micky. Él organizaba todas las actividades del campamento, ayudado por colabores designados para cada área: sus ministros. Benito Jiménez, cuñado de Silva, fue designado de seguridad durante un tiempo: “Nos organizábamos como milicianos. Recibimos entrenamiento de defensa personal a través de cuadros del MIR. Claro que andábamos con palos y linchacos no más”. Sólo algunos milicianos portaban revólveres, eran los encargados de cubrir el frente oriente del campamento. Su misión era muy clara: evitar que el movimiento terrorista contrarrevolucionario Patria y Libertad abriera las compuertas de rebalse del Canal San Carlos. Sólo dos veces fallaron, y el campamento se inundó por completo. “Se nos mojó todo. Pa’ que te hagai una idea, la cantidad de agua era casi similar a la del aluvión del 93” recuerda Ubelinda. Otra misión de los milicianos era escoltar a los residentes por la noche. Los llevaban hasta la puerta de sus casas. “Eso era para que no entrara nadie que no fuese de acá. Había mucho boicot en esa época” comenta Jiménez.
“Las cosas se hacían o se hacían. Esa era la diferencia –comenta Silva-. Por ejemplo, cuando partimos, las micros no llegaban pa’ acá. Entonces después de pedir harto tiempo a las autoridades que alargaran el recorrido y no obtener respuesta, nos robamos las micros no más, y comenzamos nosotros mismos a manejarlas desde acá arriba. Dos días se demoraron en cambiar el recorrido y poner el terminal acá cerca. Todavía está ahí”.

DESPUÉS: GOBIERNO DEL MÁS FUERTE

“Ahora está la cagá” dice Silva. “No podís andar de noche. Quedai en pelota”. “Llegó la droga, el alcoholismo, la delincuencia, llegó todo. Antes hasta la usura estaba penada por el Tribunal Popular. Ahora nada”, se lamenta Ubelinda. A pesar de la sensación de inseguridad de los vecinos, según un comunicado de prensa de la municipalidad de La Florida, luego de la implementación de un plan de seguridad intercomunal (en conjunto con la municipalidad de Peñalolén), puesto en marcha este año, los delitos dentro de esta población están disminuyendo.

“Sea como sea –dice Silva- yo no creo en el dicho de que todo tiempo pasado fue mejor, pero en este caso, pucha que es cierto”.

El Derrumbe de un Sueño


Junto a la actual Meca del consumismo de La Florida, “el shopping”, hace sólo 36 años brotó la población Nueva Habana, un modelo de comunidad socialista que como toda utopía, terminó “de un golpe”.


Era 1971 y un grupo de pobladores del “Campamento Nueva Habana” cargaban sobre sus cabezas el rancho de un vecino. “Se portaba mal y no se quería ir” recuerda Mario Núñez, antiguo residente, “por eso le tiramos la casa pal’ basural, afuera de la población, donde ahora está el (supermercado) Líder”. La población, llamada “Nueva Esperanza” luego del golpe militar, fue uno de los primeros experimentos del MPR (Movimiento de Pobladores Revolucionarios), dependiente del MIR, y el radical desalojo del vecino correspondía a la sentencia dictada por el tribunal popular, encargado de mantener el orden dentro del campamento.

Este tribunal fue sólo una de las medidas implementadas en la colectividad, pues la visión mirista, según explica José Silva, uno de los fundadores del campamento, “consistía en crear núcleos de organización poblacional lo más independientes al Estado que fuera posible, por lo que se estructuraba una versión reducida de gobierno comunal, elegido por una democracia directa”. De esta manera, se crearon frentes de cultura, construcción, educación, salud, vigilancia, entre otros.

El líder del campamento era Alejandro Villalobos, “el Micky”, un joven cuya pasión contagió de espíritu revolucionario a los pobladores. Vivía en la “Casa Blanca”, una casa (blanca) que servía de centro comunitario, cárcel provisional, posta o lo que fuera necesario. “Como en las grandes naciones, el poder se ejercía desde la Casa Blanca”, se ríe Silva. En ese lugar se tomaban decisiones que afectaban a las aproximadamente 1500 familias del campamento. En el frontis de esa casa, hoy se encuentra un monolito en memoria de Villalobos, asesinado por la dictadura.

“Para entrar a la población en la noche tenías que acercarte a los milicianos, hombres y mujeres voluntarios que hacían rondas de vigilancia. Ellos te llevaban hasta la puerta de tu casa. Si no eras de la población, un poblador tenía que irte a buscar. Por eso no había delincuencia. Tampoco había violencia intrafamiliar, porque te tiraban a los pacos y te echaban cagando”, cuenta Núñez. En una ocasión, un vecino intentó violar a una profesora, y “el Micky estuvo a punto de tomar la justicia por sus manos. Lo tenía del cuello con una pistola y lo quería ajusticiar. Pero al final entre todos le dimos una paliza de antología y después se lo entregamos a los pacos”, recuerda Silva.

También el mercado negro y la usura estaban penados por el tribunal popular. Siguiendo el modelo cubano, en la Nueva Habana se implementa –según Silva- la primera JAP (Junta de Abastecimiento Nacional) del país. Consistía, en tiempos de escasez de víveres, de un almacén que se abastecía directamente de los productores, por lo que mantenía los precios oficiales impuestos por el gobierno: “No creíamos en la oferta ni la demanda”, dice Silva.

El origen del campamento se remonta a 1968, cuando miles de obreros y migrados campesinos se toman los terrenos colindantes al actual Mall Plaza Vespucio, en aquel entonces la abandonada estación de trenes “Bellavista”. Dos años después, un primero de noviembre, se comienza la construcción de los ranchos, y se funda oficialmente como “Campamento Nueva Habana”, homenajeando la organización comunal y socialista de la homónima ciudad.

Ese mismo año, el gobierno de Salvador Allende les otorga un subsidio, con el cual se pone en marcha el “Frente de Autoconstrucción Solidaria”, en que los mismos pobladores construían las casas con materiales otorgados por el Estado. “Primero mandaron ladrillos de mala calidad, así que los devolvimos. La idea era construir casas buenas. Por eso pal’ terremoto del 85 se cayeron todas las poblaciones de alrededor, pero la Nueva Habana quedó intacta”, cuenta Silva. Las casas eran diseñadas según el grupo familiar, y las manzanas contaban con plazas y centros deportivos: “soluciones habitacionales, pero dignas. Eso sí, después, en la dictadura, casi todas las casas se las dieron a personas de otras tomas, como castigándonos”, agrega.

La población se organizaba en 24 manzanas, cada una con 64 sitios: 63 terrenos habitacionales y una sede social. Cada semana se realizaba la “reunión de manzana”, donde se entregaba a los pobladores la información proveniente del directorio: una suerte de instancia legislativa compuesta por los 24 jefes de manzana más los siete miembros de la jefatura, elegidos democráticamente por todos los pobladores.

“Yo ahora vivo en la Nuevo Amanecer. El verdadero cambio de nombre no fue el que impuso la dictadura, sino las consecuencias que le siguieron a la decapitación de los cabecillas. La falta de liderazgo y el temor de la gente convirtieron a la Nueva Habana en la Nuevo Amanecer, a la población en la pobla. Nuestro ejemplar solidario es hoy día un ghetto de la delincuencia y la droga”, sentencia Silva, mientras apaga su cigarrillo con la mirada pegada al cenicero y un suspiro en la boca.

Bellavista de la Florida: Hipocresía del Progreso




A mitad de camino entre la miseria y el progreso, está el paradero 14 de Avenida La Florida. En este punto de la ciudad, llamado Bellavista, convergen cuarenta años de proyectos sociales y de urbanización que lo convierten en un símbolo del paradigma urbanístico moderno: la pugna entre el avance y el estancamiento social en la ciudad.

El 5 de abril de 1997 se inaugura la Estación Bellavista de la Florida, de la línea 5 del Metro. Queda a la altura del paradero 14 de Av. La Florida. A menos de una cuadra de la estación, se encuentra uno de los Malls más grandes de Chile; una comisaría; un MultiCine; un terminal de buses; una notaria; dos colegios; un consultorio médico; dos supermercados; dos estaciones de servicios; 13 bancos; la Municipalidad de La Florida; dos iglesias; decenas de restaurantes; preuniversitarios; financieras; aseguradoras; institutos de formación técnica; en fin, todo los servicios de una ciudad, en una manzana.

Por esto se considera a este barrio como un sub-centro de Santiago. Es un barrio que es centro cívico, comercial, de servicios, educacional y de transportes. Es un barrio donde la gente circula constantemente, por cientos, y en todas direcciones. Sin embargo, este paraíso del siglo XXI cela una realidad de contrastes, con la que los floridanos, y por añadidura todos los chilenos, debemos convivir. Av. Vicuña Mackenna, otra vía principal de este barrio, lo divide en dos: el oriente y el poniente. El Oriente, donde está el Mall y la Municipalidad, alberga condominios residenciales de clase media emergente. También hay calles que sin ser condominio tienen guardias privados. Al otro lado de la avenida, en el poniente, se encuentran poblaciones pobres, herencia de un pasado proletario.

Los del oriente y los del poniente, se bajan juntos del Metro, pero toman rumbos distintos. Al bajarse, ambos observan al magistral patio de comidas del Mall. Uno camina hacia allá. El otro en dirección contraria. Los del oriente acusan a los del poniente de ser la cantera de los nuevos altos niveles de delincuencia en la comuna. Los del Poniente acusan a los del oriente a tener mayores beneficios urbanísticos y presupuestarios: mejores calles, mejores escuelas, mayor contingente policial, entre otros. Este conflicto no es nuevo. La única forma de entenderlo, es conociendo su historia.

Hasta 1968 La Florida era una comuna poco poblada, conformada casi exclusivamente por parcelas. Pero ese año, el rápido crecimiento que sufría la ciudad exigió encontrar soluciones habitacionales inmediatas para los nuevos pobladores, por lo que el gobierno recurrió a las “Operaciones Sitio”, una alternativa residencial concebida originalmente para refugiar a los damnificados de los temporales del invierno de 1965. Es lo que hoy conocemos como “Villas”. Poco después, durante el Gobierno de Salvador Allende, se seguiría poblando mediante “tomas”.

Durante la dictadura militar, se impone el ideal de mercado por sobre el social en materias de vivienda, por lo que el plan regulador de la comuna imponía escasas exigencias para construir. Esto produce que en la crisis económica de 1982, al verse afectado el negocio inmobiliario, se desarrollara una política de mercadeo de la comuna, ofreciendo un buen nivel de vida, por un bajo precio. Esta oferta tentó a muchos, pero en especial a matrimonios jóvenes de clase media, que al poco tiempo terminaron de poblar el sector.

Con el gobierno de la Concertación, la inversión privada se consolida como el motor habitacional. El crecimiento desorganizado sufrido por la comuna genera la necesidad de mejorar las vías de acceso. Se construye entonces, una línea de Metro y una autopista, indirectamente incentivando aun más la migración a la comuna.